isla_negra
casa de poesia y literatura. Director gabriel impaglione. mensajes: poesia@argentina.com


Inicio
Enviar artículo

Acerca de
Suscríbete al blog

Categorías
General [350] Sindicar categoría
agenda isla negra [1644] Sindicar categoría
arte [66] Sindicar categoría
autores en isla negra [5] Sindicar categoría
bios [629] Sindicar categoría
cartas [44] Sindicar categoría
concursos literarios [372] Sindicar categoría
cuento [421] Sindicar categoría
encuentros [4] Sindicar categoría
entrevistas [171] Sindicar categoría
lecturas [1390] Sindicar categoría
librocomentarios [208] Sindicar categoría
libros recibidos [30] Sindicar categoría
medios [20] Sindicar categoría
memorias [205] Sindicar categoría
musica [43] Sindicar categoría
palabra en el mundo [265] Sindicar categoría
periodico [3379] Sindicar categoría
poesia [5740] Sindicar categoría
prologos [26] Sindicar categoría
radio en la isla [81] Sindicar categoría
revista isla negra [15] Sindicar categoría
tangos [48] Sindicar categoría
uniones [22] Sindicar categoría
web [1023] Sindicar categoría

Archivos
Febrero 2012 [4]
Abril 2010 [14]
Marzo 2010 [279]
Febrero 2010 [236]
Enero 2010 [252]
Diciembre 2009 [284]
Noviembre 2009 [357]
Octubre 2009 [446]
Septiembre 2009 [508]
Agosto 2009 [553]
Julio 2009 [578]
Junio 2009 [329]
Mayo 2009 [313]
Abril 2009 [249]
Marzo 2009 [335]
Febrero 2009 [283]
Enero 2009 [387]
Diciembre 2008 [288]
Noviembre 2008 [366]
Octubre 2008 [425]
Septiembre 2008 [312]
Agosto 2008 [182]
Julio 2008 [267]
Junio 2008 [199]
Mayo 2008 [155]
Abril 2008 [195]
Marzo 2008 [197]
Febrero 2008 [199]
Enero 2008 [50]
Diciembre 2007 [181]
Noviembre 2007 [377]
Octubre 2007 [420]
Septiembre 2007 [357]
Agosto 2007 [305]
Julio 2007 [177]
Junio 2007 [347]
Mayo 2007 [330]
Abril 2007 [178]
Marzo 2007 [182]
Febrero 2007 [155]
Enero 2007 [49]
Diciembre 2006 [163]
Noviembre 2006 [164]
Octubre 2006 [316]
Septiembre 2006 [249]
Agosto 2006 [223]
Julio 2006 [192]
Junio 2006 [239]
Mayo 2006 [443]
Abril 2006 [821]
Marzo 2006 [705]
Febrero 2006 [187]
Enero 2006 [224]
Diciembre 2005 [191]
Noviembre 2005 [308]
Octubre 2005 [251]
Septiembre 2005 [215]

Sindicación (RSS)
Artículos
Comentarios

 


horacio petinicchi, argentina. 30 años...

                                                                   Esta vez el desmayo duró más que otras veces. La luz se filtra por la capucha que tapa mi cabeza,  una música fuerte, grosera, me impide escuchar otros sonidos.

Trato de respirar y el olor de viejos orines y nuevos miedos me invade, el hedor a vómito  y carne quemada se hace insoportable.

Una voz de hombre, de tono bajo, invariable, pregunta cómo me llamo, mi edad, dónde vivo. Callo, no contesto. Percibo movimiento a mis espaldas y de inmediato un estallido de dolor.

La Voz inquiere cuál es mi tarea, la zona en que  milito, quién es mi responsable, con qué grupo opero. Otra vez el movimiento y el estallido de dolor. Guardo silencio, tengo que esperar, aguantar sólo veinticuatro horas, hacer el minuto y ganar tiempo. Necesito inventar algo, evitar que me sigan dando. Sed, tengo sed; pido agua, se  ríen. Empiezo a hablar, digo mi nombre, mi edad, me invento una profesión.

Otra vez dolor, esta vez más intenso, profundo, casi interminable. No puedo contenerme, el orín corre por mis piernas y me desmayo nuevamente.

Al despertar, la Voz está hablando, pregunta, nunca  deja de preguntar

Lo único que puedo  hacer es demorar las respuestas lo más que puedas. Dolor por tiempo. Pagar con dolor el tiempo necesario. Dolor, para que mis compañeros cuenten con tiempo para levantar todo lo que conozco.

Mi cuerpo se queja, no soporta más.

Tengo que hablar,  hablar mucho sin decir nada, minutear todo lo posible. No se puede negar, no se puede decir que no se sabe nada, hay que contar, decir  que fuiste disidente, la fecha que abandonaste y cuando  retomaste. Si te preguntan nombres tratas de dar los de cumpas que cayeron, o los que sabes afuera del país. Tras el dolor, la Voz, una y mil veces, con las mismas preguntas. La menor equivocación, dolor, la menor duda, nuevo dolor sobre mi lacerado cuerpo.

Buscás manejar la situación como un hecho político, y es en vano, toda tu formación desaparece. La Voz  me vuelve a preguntar en qué frente funciono, contesto que simplemente soy un colaborador.

 El dolor, rápido, silencioso, total, dice que no me creyeron, mi cerebro se queja, mis  testículos gimen.

Reitera la pregunta, aúllo que milito a nivel bases, en el frente barrial, aclaro; pregunta la zona, digo que en Norte, me felicita, me levantan un poco la capucha  y premia mi sinceridad con un par de pitadas. Inquiere quién es mi responsable, cuándo es mi próxima llamada de seguridad, donde está mi buzón, cuándo y dónde es mi próxima cita. Respondo que mi responsable se llama Pablo, no tenemos llamadas de seguridad ni buzón y que mi próxima cita es dentro de dos días. Esta vez el dolor persistente, va directo al cerebro. No dejo de temblar, mis piernas y brazos no me responden. Siento mi boca seca, mi lengua hinchada, el pantalón mojado en orín y sudor se pega en mis piernas.

Niego y dolor, niego y más dolor, pierdo la noción del dolor, todo yo me convierto en un inmenso dolor. Bajo la capucha, las lágrimas llevan hasta mi boca el gusto salobre del sufrimiento.

Me duermo o desmayo en el duro y frío suelo de  mi primer día en el infierno.

Me despiertan a los gritos. No sé que día es, cuanto tiempo ha pasado, no sé si aún existe el sol.

Alguien me pone de pie  y  de un brazo,  me arrastra fuera de la celda.

Nuevamente  recorremos el mismo camino en medio de empujones. Pido ir al baño, no me contestan. Luego, la silla dura y fría, de metal,  donde me vuelven a atar. Mi cuerpo tiembla. Alguien se acerca por atrás. Encojo los hombros esperando el estallido de dolor.

Oigo el accionar de una corredera y el helado caño de una pistola se apoya en mi nuca.

Al escuchar el clic del arma al ser montada encomiendo mi alma a Dios. Resuena el golpe del percutor, no siento dolor, nada. Las carcajadas a mí alrededor  me dicen que aún estoy vivo. Un sudor frío me corre por la espalda y el dolor, otra vez el dolor se apodera de mi.

Me desmayo.

............................................................................................................................................

 

Luis despierta en su celda sin la capucha, trata de sentarse, debajo de él se va agrandando un charco de sudor y sangre.

Por la breve ventana que da al campo entra el eco de disparos en ráfagas, luego tiros aislados acompañan  el resplandor de los  eternos fuegos.

El olor penetrante a quemado, que invade la celda, tapa al degradante olor de su miedo.

Presiente  que se acerca el final. Sentado, espera hasta que oye los pasos que se aproximan  por el pasillo.

Se levanta,  se acerca  al hilo de luz que deja pasar la pesada cruz que cruza el ventanuco, su ojos quedan atrapados en el hilo de sol que se desliza por la pared, busca atraparlo, sabiendo que nunca más lo vera. Aspira, y el nauseabundo olor a quemado penetra por penúltima vez  en su nariz.

El cancerbero, que ha entrado a su celda, lo toma suavemente del brazo conduciéndolo hacia la puerta, salen al pasillo  y giran a la derecha. A los pocos pasos comienzan a descender una escalera que  se pierde en la más absoluta oscuridad. Al apoyar el pié en  el  séptimo escalón Luis adivina más que oye, cuando su guardia extrae una pistola de la cintura. Todo él  busca captar él más mínimo de los sonidos, la sangre latiendo en sus sienes, su respiración agitada, las pisadas apagadas de su guardián, y nítidamente el fatídico clic de un arma al ser amartillada. Imagina su cuerpo crepitando en una gran fogata, al igual que esos héroes vikingos con los que soñaba en su niñez; el frío del acero se apoya en su nuca, y un rojo estallido lo inunda.

Después... la  nada,  la oscuridad.

Al regresar, el candado ve, sobre el catre que ocupaba Luis un atado de Jockey.

Entra, lo levanta, mira en su interior y, viendo que está lleno, saca un cigarrillo, lo enciende y guarda el paquete en el bolsillo de su camisa.

La celda, vacía, es invadida por la corpulenta voz de un locutor trasmitiendo un partido de fútbol, y repitiendo hasta el cansancio:

 

“En la Argentina somos derechos y humanos”

Por lobitogabriel - 13 de Marzo, 2006, 8:48, Categoría: lecturas
Enlace Permanente | Comentar | Referencias (0)