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Esta vez el desmayo duró más que otras veces. La luz se filtra por la capucha que tapa mi cabeza, una música fuerte, grosera, me impide escuchar otros sonidos.
Trato de respirar y el olor de viejos orines y nuevos miedos me invade, el hedor a vómito y carne quemada se hace insoportable.
Una voz de hombre, de tono bajo, invariable, pregunta cómo me llamo, mi edad, dónde vivo. Callo, no contesto. Percibo movimiento a mis espaldas y de inmediato un estallido de dolor.
La Voz inquiere cuál es mi tarea, la zona en que milito, quién es mi responsable, con qué grupo opero. Otra vez el movimiento y el estallido de dolor. Guardo silencio, tengo que esperar, aguantar sólo veinticuatro horas, hacer el minuto y ganar tiempo. Necesito inventar algo, evitar que me sigan dando. Sed, tengo sed; pido agua, se ríen. Empiezo a hablar, digo mi nombre, mi edad, me invento una profesión.
Otra vez dolor, esta vez más intenso, profundo, casi interminable. No puedo contenerme, el orín corre por mis piernas y me desmayo nuevamente.
Al despertar, la Voz está hablando, pregunta, nunca deja de preguntar
Lo único que puedo hacer es demorar las respuestas lo más que puedas. Dolor por tiempo. Pagar con dolor el tiempo necesario. Dolor, para que mis compañeros cuenten con tiempo para levantar todo lo que conozco.
Mi cuerpo se queja, no soporta más.
Tengo que hablar, hablar mucho sin decir nada, minutear todo lo posible. No se puede negar, no se puede decir que no se sabe nada, hay que contar, decir que fuiste disidente, la fecha que abandonaste y cuando retomaste. Si te preguntan nombres tratas de dar los de cumpas que cayeron, o los que sabes afuera del país. Tras el dolor, la Voz, una y mil veces, con las mismas preguntas. La menor equivocación, dolor, la menor duda, nuevo dolor sobre mi lacerado cuerpo.
Buscás manejar la situación como un hecho político, y es en vano, toda tu formación desaparece. La Voz me vuelve a preguntar en qué frente funciono, contesto que simplemente soy un colaborador.
El dolor, rápido, silencioso, total, dice que no me creyeron, mi cerebro se queja, mis testículos gimen.
Reitera la pregunta, aúllo que milito a nivel bases, en el frente barrial, aclaro; pregunta la zona, digo que en Norte, me felicita, me levantan un poco la capucha y premia mi sinceridad con un par de pitadas. Inquiere quién es mi responsable, cuándo es mi próxima llamada de seguridad, donde está mi buzón, cuándo y dónde es mi próxima cita. Respondo que mi responsable se llama Pablo, no tenemos llamadas de seguridad ni buzón y que mi próxima cita es dentro de dos días. Esta vez el dolor persistente, va directo al cerebro. No dejo de temblar, mis piernas y brazos no me responden. Siento mi boca seca, mi lengua hinchada, el pantalón mojado en orín y sudor se pega en mis piernas.
Niego y dolor, niego y más dolor, pierdo la noción del dolor, todo yo me convierto en un inmenso dolor. Bajo la capucha, las lágrimas llevan hasta mi boca el gusto salobre del sufrimiento.
Me duermo o desmayo en el duro y frío suelo de mi primer día en el infierno.
Me despiertan a los gritos. No sé que día es, cuanto tiempo ha pasado, no sé si aún existe el sol.
Alguien me pone de pie y de un brazo, me arrastra fuera de la celda.
Nuevamente recorremos el mismo camino en medio de empujones. Pido ir al baño, no me contestan. Luego, la silla dura y fría, de metal, donde me vuelven a atar. Mi cuerpo tiembla. Alguien se acerca por atrás. Encojo los hombros esperando el estallido de dolor.
Oigo el accionar de una corredera y el helado caño de una pistola se apoya en mi nuca.
Al escuchar el clic del arma al ser montada encomiendo mi alma a Dios. Resuena el golpe del percutor, no siento dolor, nada. Las carcajadas a mí alrededor me dicen que aún estoy vivo. Un sudor frío me corre por la espalda y el dolor, otra vez el dolor se apodera de mi.
Me desmayo.
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Luis despierta en su celda sin la capucha, trata de sentarse, debajo de él se va agrandando un charco de sudor y sangre.
Por la breve ventana que da al campo entra el eco de disparos en ráfagas, luego tiros aislados acompañan el resplandor de los eternos fuegos.
El olor penetrante a quemado, que invade la celda, tapa al degradante olor de su miedo.
Presiente que se acerca el final. Sentado, espera hasta que oye los pasos que se aproximan por el pasillo.
Se levanta, se acerca al hilo de luz que deja pasar la pesada cruz que cruza el ventanuco, su ojos quedan atrapados en el hilo de sol que se desliza por la pared, busca atraparlo, sabiendo que nunca más lo vera. Aspira, y el nauseabundo olor a quemado penetra por penúltima vez en su nariz.
El cancerbero, que ha entrado a su celda, lo toma suavemente del brazo conduciéndolo hacia la puerta, salen al pasillo y giran a la derecha. A los pocos pasos comienzan a descender una escalera que se pierde en la más absoluta oscuridad. Al apoyar el pié en el séptimo escalón Luis adivina más que oye, cuando su guardia extrae una pistola de la cintura. Todo él busca captar él más mínimo de los sonidos, la sangre latiendo en sus sienes, su respiración agitada, las pisadas apagadas de su guardián, y nítidamente el fatídico clic de un arma al ser amartillada. Imagina su cuerpo crepitando en una gran fogata, al igual que esos héroes vikingos con los que soñaba en su niñez; el frío del acero se apoya en su nuca, y un rojo estallido lo inunda.
Después... la nada, la oscuridad.
Al regresar, el candado ve, sobre el catre que ocupaba Luis un atado de Jockey.
Entra, lo levanta, mira en su interior y, viendo que está lleno, saca un cigarrillo, lo enciende y guarda el paquete en el bolsillo de su camisa.
La celda, vacía, es invadida por la corpulenta voz de un locutor trasmitiendo un partido de fútbol, y repitiendo hasta el cansancio:
“En la Argentina somos derechos y humanos”
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